Lectura: Lucas 24:32-35

Justo cuando les abre los ojos y le reconocen, Jesús desaparece de su vista. Lo normal sería que hubieran dicho: -¡Qué decepción! Ahora que sabíamos quién era se va y nos deja solos de nuevo.- Pero, en lugar de eso, expresan un profundo gozo y se dicen el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba e el camino y cuando nos abría las escrituras? E inmediatamente vuelven a Jerusalén a compartir la noticia con los otros discípulos. Allí Jesús les daría otra grata sorpresa.

¿Que significa que su corazón ardía? Que había un gozo inexplicable dentro de ellos muy fuerte y que necesitaban expresar. Ellos, sin saberlo, nos estaban explicando a nosotros muchos siglos después lo que produce un encuentro auténtico con Jesús: Un gozo inefable por haber caminado con Jesús y haber oído su palabra.

El fuego no dice: -¡Qué pereza! ¿Ahora tengo que ir hasta allí?- ¡El fuego se extiende por todos los sitios y siempre quiere alcanzar lo máximo posible! Así es el verdadero evangelio de Dios; produce un gozo que arde dentro de nosotros y nos lleva a incendiar nuestras relaciones, familias, amistades y vecindarios con el gozo de haber conocido las escrituras y al Cristo que en ellas se revela. ¿Realmente tenemos ese gozo por haber conocido a Cristo que arde en nosotros, nos quema y nos impulsa a ir a otros a contarles? Deseo de corazón que así sea.

¿Por qué la evangelización es una asignatura pendiente en la mayoría nuestras vidas e iglesias? Creo que tiene que ver con que este ciclo potencial que se observa en los cuatro días anteriores no está teniendo lugar. Me explico. En este pasaje del Camino a Emaús, vemos cuatro acciones necesarias para la evangelización:

1.- Caminar con la gente preocupándose por ella
2.- Exponer las escrituras mostrando a Cristo
3.- Orar que Dios abra los ojos y el entendimiento
4.- Orar que Dios encienda con su fuego los corazones.

Una vez encendido el fuego en el corazón de las personas que escuchen irían corriendo a contarlo como los de Emaús y luego, imitando a Jesús, caminarían con ellas, les expondrían las escrituras, orarían que Dios les abriera los ojos y que sus corazones fueran encendidos con el amor y el gozo divinos y… ¡vuelta a empezar! Éstos últimos que han escuchado y ahora tienen el fuego de Dios irían a otros… y el incendio del evangelio estaría asegurado.

Quiera Dios que, tú que lees esta breve reflexión, te preguntes: ¿Estoy haciendo la labor de evangelizar? ¿Yo he experimentado a Cristo caminando a mi lado y revelándose a mi vida? ¿Dios ha abierto mis ojos y he conocido a Cristo? ¿Tengo el fuego de Dios, su amor y su gozo en mi corazón?

Oramos para que puedas contestar afirmativamente y decir a Dios: ¡Señor! ¡Que mi corazón arda! Quiero que me uses para incendiar el mundo con tu amor.

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